Ir al dentista me retrotrae a los días de la infancia, en donde los miedos me asaltaban a la vuelta de todas las esquinas. Miedo a lo desconocido, a la intemperie, al dolor, fundamentalmente. El miedo al dolor se tiene (lo tengo) aunque sepas que no te va a doler. En mi primera experiencia de este tipo ví las estrellas. Era un simple empaste, según creo recordar. El dentista no me anestesió y yo di unos botes en el sillón que llegué a tocar el techo en varias ocasiones. Exagero, ya lo sé. Aquel sujeto sostenía que, si me anestesiaba, él no podía saber cuando llegaba al nervio con aquel cacharro puntiagudo y sonoro que no se me quita de la cabeza. Años más tarde comprobé que la ciencia médica ha avanzado una barbaridad y que los dentistas ya no hacen daño. Es igual. Me siguen dando terror. Lo mío ya no tiene remedio. Esta mañana vuelvo al dentista con el mismo miedo de siempre. Ya veremos.
El tema de los dentistas siempre ha sido un tema bastante espinoso, pero hay que ir si o si.
Publicado por: Hoteles Avila | octubre 03, 2011 en 04:52 p.m.
eternas asignaturas pendientes para nuestra generación y la de los mayores, el inglés y el dentista, te comprendo compañero y no creo que sea la única.eso si seguiremos lavándonos los piños como buenos mandaos a cuidarse y que no te hagan pupa zucco
Publicado por: soleolayo@hotmail.com | enero 24, 2005 en 06:59 p.m.